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Cuando el lenguaje “inclusivo” no incluye

Opinión Por Cynthia Ginni

Nota de opinión, por Cynthia Ginni.

Atravesamos hoy una crisis lingüística, que por no ser la única ni la más importante que nos aqueja, pasa inadvertida. Es otra de las crisis generadas por la actual gestión de gobierno, a quien en este aspecto apoya una minoría ideologizada en materia de “políticas de género”.

A pesar de que se traslada esa ideología de género al ámbito de la lengua, no hay causa que justifique el apartamiento de las directivas que la Real Academia Española establece para el idioma español, que es el que oficialmente adopta la Nación Argentina, tal como surge de la página oficial www.argentina.gob.ar/pais, y cuya semántica permite distinguir, contextualmente, la inclusión natural.

Entiendo que el lenguaje no es fruto de una conspiración patriarcal, ni la condición femenina se mejora por el desdoblamiento pleonástico de todos los nombres susceptibles de oposición masculino / femenino. Lo que se enfrenta no incluye; por el contrario, disgrega. La inclusión no es solo una cuestión de género, sino que se logra adoptando medidas en aspectos mucho más relevantes vinculados con la accesibilidad, con la necesidad de destruir las barreras que impiden la inclusión verdadera.

El mal llamado lenguaje inclusivo o incluyente, definitivamente excluye, no cumpliendo así el objetivo que pretende, porque si incluye en términos de género, excluye en términos de acceso. Para ejemplificar: una persona con poca visión o ceguera, que utiliza un lector de pantalla, o una persona con dificultades en el habla o audición que pretende expresarse a través de una aplicación, por citar algunos ejemplos, encuentran barreras en la comunicación, en tanto no es factible el reconocimiento de las palabras cuyas vocales femeninas o masculinas son sustituidas por letras como la “x”, o por símbolos como el “@”.

Otro tanto ocurre con nuestros adultos mayores que, cuando se presentan a realizar algún trámite ante algún organismo público, se encuentran con carteles escritos con esas fórmulas lingüísticas que los confunden dejándolos incomunicados.

La ideología no iguala, divide y disgrega, pero el idioma nos une porque nos incluye y confiere identidad común

A su vez, los constantes desdoblamientos de las palabras en femenino y masculino, terminan por diluir el hilo discursivo y aburriendo al lector o audiencia según el caso, atentando contra la economía y la estética del lenguaje, haciendo más compleja su comprensión. Y a esto, sumémosle lo que se genera en el ámbito académico: los niños van formando su lenguaje durante los primeros años de su vida y su mala utilización no sólo obstaculiza la lectoescritura y su comprensión, sino que también significa una barrera para aquéllos que tienen más dificultades.

El “lenguaje inclusivo” difunde usos ajenos a las prácticas de los hablantes e imposibilita la comunicación efectiva.
Todo esto nos muestra que, como sociedad, debemos confluir en la defensa de nuestros valores democráticos y de nuestra identidad cultural, porque ninguna minoría tiene derecho a destruir el idioma oficial de la Nación, imponiendo su voluntad e ideología a la mayoría de los habitantes – hablantes.

Tenemos que dar esta batalla ya que, como bien dijo en su nota al diario “Perfil” el constitucionalista Félix Lonigro, de no hacerlo, pronto estaremos declarando una nueva emergencia, la lingüística.

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